Relatos

En esta sección puedes contarnos las historias que te hayan pasado yendo de cruising o relatos inventados que desees compartir con los usuarios de esta web.

1.670 respuestas a Relatos

  1. het20 dijo:

    busco chico max 21 años. skype: mallorquin.joven

  2. CD-SEXI-VICIOSA dijo:

    Hola soy una CD, la verdad que no me quejo ya que la naturaleza se ha portado bien conmigo, estoy buscando chicos para sexo sin compromiso, me encanta sentirme una autentica putita complaciendo a un macho, incluso hacer un bukkake, me dan ganas de pasearme una noche por alguna zona de cruissing, pero la verdad que no me atrevo.
    cdsexiviciosa@gmail.com

  3. Calum dijo:

    Violación de un poli

    Todos mis compañeros se habían largado ya de la obra cuando
    apareció. Serían las tres de la tarde y hacía un calor de locos. Era el
    principio del verano y a partir de las cinco de la tarde ya no había ni dios que
    trabajase en ese pueblo. Se acercó por la obra justo para ver como los peones
    más jóvenes se marchaban con sus motos y sus coches modificados a restregarles
    la picha a sus novias, así que me tocó a mí recibirle. Y vaya recepción. De
    entrada me deslumbró con su sonrisa propia de quien confía en la bondad de los
    extraños, enmarcada en su silueta de oso fuerte. Era un policía de uniforme,
    delante de su coche. Grande, de mediana edad, Me costó mantener la vista en sus
    hombros anchos y su rostro, enmarcado con una barba castaña, casi rojiza, y un
    pelo corto a juego, rematada con unos ojos azules y tiernos, que dudo mucho
    fueran capaces de ver el mal, tal como se le supone a un policía, o no me habría
    cogido la mano cuando se la ofrecí.

    Le di un buen apretón de mano, exhibiendo mi antebrazo fuerte
    y venudo.

    – Buenas tardes, jefe.- le saludé intentando parecer el
    típico jefe de obra.

    Sin perder su sonrisa, el mosso (mozo, así le llaman a la
    policía autonómica de Cataluña) no pudo evitar desviar su mirada a mi apestosa
    camiseta mojada, que se pegaba a mi piel y a mis pectorales pringosos por el
    sudor.

    – Disculpe- le dije al respecto- No hay quien trabaje con
    este calor.

    í‰l captó inmediatamente mi referencia vaga a mi aspecto y me
    sonrió para no incomodarme más, me imagino.

    – Si no le importa…- dijo mientras se sacaba la chaqueta
    reglamentaria y se deshacía el nudo de la corbata.

    Dejó sus ropas en el sillón del conductor de su coche, del
    que emanaba el aura fresca y seca propia del aire acondicionado. Pero apenas
    sentí eso ya que aproveché para evaluar su anatomía con voracidad. Era un hombre
    fuerte, un oso de verdad. No se le veía aspecto de culturista, se le veía como
    el típico hombretón de músculos densos y voluminosos, pero poco definidos, con
    la clase de fuerza que dura toda la vida. Más o menos como yo, pero sé muy bien
    que a los jovencitos les impresiona más ver músculos definidos, y por eso me los
    trabajo en el gimnasio.

    – Verá, vengo a hacer la inspección regular de permisos- me
    dijo el policía.

    – Ah, si.- le contesté.- Pase dentro, se está más fresco.

    El policía asintió con un breve golpe de su cuello ancho y se
    adelantó hacia la obra con una sonrisa y los ojos entrecerrados, cegados por la
    luz del sol de verano. Le pasé diligentemente un casco de obra cuando llegamos
    al interior de la casa, y él pareció recibirlo como un regalo inesperado. Ya os
    he dicho que este hombre parecía no olisquear el mal en ninguna situación. Y
    esta vez no lo digo por mí, sino por la cantidad de cosas que pueden caerte en
    la cabeza en una obra abierta al viento. Se quitó la gorra y la substituyó por
    el casco amarillo chillón de obrero, como un niño probándose un disfraz. Al ver
    semejante ejemplar de macho investirse con uno de mis fetiches, todo mi aparato
    reproductor entró en alerta roja, y uno por uno empezó a activar los mecanismos
    necesarios para la batalla. Pude sentir como mis cojones empezaban a destilar
    esperma para la misión y se volvieron grávidos en mis pantalones cortos de
    trabajo. Intenté desvincular mi mente de esa actividad porque sé que lo que
    viene después es mi erección de caballo patentada, y no quería que mi pobre
    víctima tuviese pistas tan evidentes de mis intenciones.

    – Vienen bastante ¿no?- le dije, en referencia a que habían
    venido varias veces las autoridades a comprobar las licencias.

    Pasamos entre la jungla de soportes que apuntalaban el techo
    y le llevé a los bidones que usábamos como mesas en el primer piso de la obra,
    donde guardábamos también durante el día los documentos en una carpeta.

    – La gente no está muy contenta con que se esté construyendo
    tanto en este pueblo.- comentó, dejando claro por su tono que él tampoco
    aprobaba nuestro trabajo allí.

    Yo ya había construido un par de casas en aquel pueblo.
    Sabíamos que el que nos la encargó solo la quería para especular, y muchos otros
    también construían por esa razón. El suelo de aquel pueblo se había encarecido
    mucho desde que se instaló la nueva estación de ferrocarriles, ya que eso lo
    dejaba a un paso de las principales ciudades. Por eso muchos constructores
    habían convertido ese pueblo en un lugar de residencia en los extrarradios para
    ricos. Eso no le gustaba mucho a la gente que había nacido allí, que debía
    desembolsar cantidades absurdas de dinero para poder comprar su primera
    residencia en su propio pueblo.

    – En el ayuntamiento hay una parte de gente que quiere que se
    siga construyendo, por el dinero, claro, y otro grupo que quiere hacer lo
    imposible por asustar a los constructores.- argumentó el policía.

    “Lo que tu digas, machote” pensé mientras le acariciaba su
    amplia espalda con la mirada. Le di la carpeta con los documentos y me acerqué a
    la nevera portátil que guardábamos para los descansos. Cogí un par de cervezas
    frescas de la nevera. Junto a ella también guardábamos algunos útiles, que en
    realidad era lo que me interesaba coger.

    – Muchas gracias.- me dijo el policía, regalándome otra
    sonrisa que hizo que mi rabo babeara hambriento.

    Esperé sentado en un bidón a que se terminara la cerveza
    mientras repasaba el papeleo. Me quité la camiseta exponiendo mi amplio torso a
    la tenue brisa y comprobé que desde aquel sitio, como de costumbre, nadie nos
    vería desde la calle. Flexioné mis pectorales peludos y mi vientre macizo, con
    la piel tensa por los abdominales de piedra bajo ellos. Es mucho más fácil hacer
    trabajar a los peones jóvenes si tienes algo con lo que impresionarlos y ganarte
    su respeto. Algunos jefes se compran coches caros, yo me pongo fuerte como un
    toro. Sé que muchos de estos chavales salen del ejército profesional,
    desilusionados por las condiciones laborales. Pero cuando salen esperan trabajar
    con alguien fuerte tanto física como mentalmente, como un militar. Eso no te
    viene en ningún coche caro. Has de trabajártelo y yo lo tengo. Esta cualidad
    también me ha proporcionado la oportunidad de partir algunos culos jóvenes y
    vírgenes de vez en cuando, y mis compañeros de trabajo más antiguos lo saben.
    Saben que cuando a veces desaparezco con un joven macho de cabeza rapada y culo
    fuerte a la hora del almuerzo, vuelvo a trabajar con el sabor en la boca de la
    polla del chico, el olor de su entrepierna en mi bigote y mi barba de dos días,
    y a veces su semen fresco y joven resbalando por mi garganta hacia mi estómago.
    Y el chaval aparece con el aroma de mi leche en su pecho, y alguna vez con mi
    semen en sus entrañas, manchándole los calzoncillos.

    Pensando en todo aquello, me puse mucho más cachondo, y vi el
    sudor formándose en la frente de aquel pedazo de mosso mientras intentaba
    entender los documentos. Aquel sudor me descolocó. Me levanté lentamente, me
    acerqué sin despertar suspicacias por la espalda, y le bajé de un tirón los
    pantalones hasta las rodillas, probablemente cargándome algún botón o el
    cinturón del policía en el proceso. El policía, completamente descolocado, se
    fue a coger el pantalón para subírselo, instintivamente, momento que aproveché
    para cogerle las muñecas y envolvérselas con tiras de plástico de las que usamos
    para sujetar tubos y cables. Las había visto utilizar por los policías
    americanos en alguna serie, y creo que son más útiles que las esposas.

    – Pero… ¿Qué hace?- se sorprendió él.

    Aproveché su confusión para sacarle el cinto con la pistola y
    las esposas, y mientras intentaba liberar sus piernas de sus propios pantalones,
    le esposé el tobillo a uno de los soportes que apuntalaban el techo.

    – No se mueva mucho que se nos cae el techo encima.- le
    advertí con indiferencia.

    Era mentira, pero él se lo creyó todo.

    – Suélteme. ¿Pero qué hace, imbécil?

    – Nada que no me haría a mi mismo.

    Ahora que tenía a ese oso macho atado y casi domado, pude
    empezar a recrearme. Podía disponer de él de espaldas o de boca, apoyándole en
    un bidón u otro. Le empecé a desabrochar la camisa, mientras él me miraba con
    ojos aterrorizados. Como esperaba, aquel pueblo era muy pacífico, y el mosso
    estaba acostumbrado a que los problemas se limitaran a borracheras o algún robo
    ocasional. Tenía la guardia baja. Descubrí su amplio y fuerte pecho pelado. Se
    debía afeitar, que pena. Pero su piel tenía un tono anaranjado, casi enrojecido,
    muy seductor. Su vientre fuerte sobresalía como un único monte de carne. Los
    músculos estaban ahí, bajo la piel, densos y resistentes, pero su vida tranquila
    de poli local no se los destacaba como a mi, que se me notan las curvas de los
    abdominales. Con esfuerzo, pero gracias a mi experiencia, le conseguí quitar la
    camisa sin liberarle. Creo que el pobre mosso no sabía lo que le esperaba hasta
    que me bajé los pantalones yo también. Mis calzoncillos de diseño estaban
    deformados por la presión de mi miembro viril y me daban un aspecto atlético. Mi
    víctima llevaba unos calzoncillos muy normales, casi de crío. Creo que él se dio
    cuenta de eso y se avergonzó un poco. En su paquete no se observaba ninguna
    actividad, porque estaba aterrado. Me puse sobre él y le rocé mi paquete con el
    suyo, para que sintiera a través de la tela el calor que su presencia producía
    en mi cuerpo. Hubo un breve y neumático forcejeo entre nuestros bultos hasta que
    mi falo se alineó entre los voluminosos cojones del policía.

    – Por favor- intentó negociar el poli.- Estoy casado…

    Me dio igual, le besé en los labios, explorando su
    resistencia. Encontré su boca muy hostil, y me dije a mi mismo que mi rabo no
    entraría ahí dentro.

    – Le detendré por acos…

    Le mordí los pezones y se los succioné hasta dejárselos
    erectos, liberando un pequeño río de babas en el esternón, entre uno y otro, que
    se extendió hacia el vientre. “Cuando acabe contigo habrán cosas que te
    avergonzarás de admitir” pensé. Le bajé los calzoncillos y descubrí su rabo
    blando con sus dos cojones peludos, grandes como ciruelas, luchando por espacio
    donde respirar entre sus piernas unidas. Le comí la polla y se la succioné,
    poniéndosela morcillona, mucho más grande que antes. Le envolví los cojones con
    mi boca, con dificultad, y luego solo uno y luego el otro. Los tenía enormes y
    duros, los gruesos conductos que mantenían sus cojones unidos a su vientre
    palpitaban contra mi lengua. Le mordí levemente el cojón izquierdo mientras veía
    sus piernas fuertes y anchas como troncos temblar por la tensión y la
    indefensión. Luego me levanté y le observé. Todo su torso creciendo y
    relajándose en respiraciones aterradas. El policía, con su cara de oso
    agonizante, no conseguía articular palabra. Me bajé los calzoncillos de diseño y
    mi falo surgió con la fuerza de un muelle de acero. Recto y duro. Casi dieciocho
    centímetros de carne púrpura, fornida y envuelta en venas oscuras y gruesas como
    cables, que parecían evitar que mi carne estallara o creciera aún más.

    Antes de darle la vuelta a mi presa, pude observar en él sus
    ojos aterrorizados cuando sintió el volumen del espolón con el que yo amenazaba
    el esfínter que resguardaba su orgullo. Le masajeé la espalda para
    tranquilizarle. Tenía una espalda de guerrero, y un culo ancho y unas piernas
    que me parecieron descomunales, de corredor o futbolista. Me recosté sobre él,
    depositando mi polla entre sus glúteos, para que constatara mis medidas a través
    del tacto de lo que se le venía encima. Mientras le hablaba, cogí mis
    calzoncillos y se los pasé por la boca. Le llené la boca con el trozo de mi ropa
    interior que olía más a cojones sudados tras un día de trabajo y se los até a la
    nuca.

    – Esto que sientes en tu culo no es una polla- le dije- es el
    camino al placer más absoluto o al dolor más lacerante. Tú eliges. Yo quiero
    verte sufrir el placer, pero si aprietas el culo, si no me dejas entrar bien, te
    dolerá, sangrarás como un cerdo destripado y no podrás volver a sentarte sin
    acordarte de mí.

    Exageré un poco, pero si se había tragado lo de que si movía
    la pierna atada al soporte del techo, este se caería, se tragaría cualquier
    cosa. Me separé de él y andé con mi rabo tieso hasta mi bolsa de deporte, donde
    guardaba mi ropa y el lubricante por si surge la ocasión. Observé como el
    policía no perdía de vista mi miembro oscilante y recto entre mis piernas.
    Quizás estaba intentando calibrar su volumen, prepararse para la cantidad de
    dolor que podía sufrir si le atacaba con ese pedazo de carne. Me sentí un poco
    exhibicionista y moví mi falo con los músculos de mear, hinchándolo, para que se
    alzara, sin tocarlo con mis manos. Se asustó todavía más. Cogí mis cosas y
    recuperé el contacto con su cuerpo.

    En todo momento, mi presa lanzaba gemidos, como rogando, pero
    cuando empecé a lamer su ano para relajárselo estos gemidos se interrumpían por
    breves segundos de incredulidad.

    – ¿Es que tu hembra no te ha lamido nunca el culo, machote?-
    le pregunté divertido.

    Su trasero olía a culo y sudor, pero valía la pena notar como
    se relajaba poco a poco. Pero perdí la paciencia, mi falo palpitante me pedía
    más. Le esparcí una buena cantidad de lubricante transparente en el culo, y me
    dediqué a extendérselo por fuera y por dentro, con un par de dedos traviesos.
    Cuando mis dedos entraron en el cuerpo de mi pobre presa, él se puso a llorar.
    Treinta y cinco años de macho policía, la edad que debía tener, lloraban como un
    niño ante mi asedio. Se acababa de dar cuenta de que iba a ser violado. Me
    lubriqué el rabo sin más dilación y deposité la cabeza en su ano.

    – Ahora es cuando tienes que dejarme darte placer.- le dije
    recostando mi torso contra su espalda.

    Cuando me separé de él para dirigir mejor la maniobra de
    violación, noté como nuestros sudores se mezclaron. El de mi pecho y el de su
    espalda. De sus axilas manaba un olor que me excitaba y me ponía furioso. Era su
    miedo, su pánico. Empecé a presionar con mi poderoso culo, veterano en estos
    menesteres. Mientras, mi macho se sometía abrazando el bidón en el que le apoyé.
    Su cara se enrojecía. Se resistía.

    – Ablanda el culo o entraré de un golpe y te partiré en dos.-
    le advertí.- Ten valor.

    El hizo lo que un hombre adulto y virgen, fuerte como un
    toro, hace con su virilidad puesta a prueba. Rindió su culo y se convenció poco
    a poco de que su hombría no dependía de su virginidad anal.

    – Así…- le informé.- La cabeza ya está dentro.

    Mi policía soltó el aire, tras el esfuerzo inicial.

    Enterré mi descomunal espolón de carne centímetro a
    centímetro. El macho gemía a gritos de dolor pero yo detenía el paso y volvía a
    clavar cuando notaba que se acostumbraba. El lubricante no hacía mucho más
    fáciles las cosas. A mis ganas de hacerle gozar, se contraponía mi deseo animal
    de imponerme a aquel macho y consagrar con mi semen su hombría. Quería ver
    entrar y salir mi polla de aquel tío, ungida en sangre y semen, con gritos de
    dolor aplaudiendo mi faena. Pero me contuve, y poco a poco ensarté completamente
    el cuerpo de aquel policía. Cuando finalmente mi escroto afeitado chocó con los
    enormes cojones de mi hombre, me sentí tan macho que le ofrecí una demostración
    de hombría, empujando hacia su interior con tal fuerza que le levanté del suelo.
    Sus pies apenas tocaban de puntillas en el suelo mientras él se aferraba al
    bidón y gritaba, llorando. Lo tenía ensartado en mi polla como un soldado
    victorioso que, tras una lucha a muerte, empala a su enemigo en su lanza con un
    júbilo sádico. Durante un segundo, sin embargo, el policía se calló, y se quedó
    con los ojos abiertos. Creo que fue la primera vez que le toqué su próstata.

    Finalmente inicié la follada. Empecé a embestirle con
    rapidez, horadándole con movimientos ligeramente rotatorios, buscando de nuevo
    ese silencio que le sobrecogió cuando le empalé por completo. Pero mi policía
    seguía gimiendo y mordiendo mis calzoncillos con los que le amordacé como si le
    estuvieran destripando, así que me olvidé del altruismo y pasé a movimientos
    largos y empujes contundentes, que hacían que el hombre se sacudiese al recibir
    todo el impacto y sus músculos temblasen brevemente en cada embestida. Poco a
    poco, el pobre macho encontró un ritmo en la respiración acorde con mis
    esfuerzos y no tardé en reconocer en la forma en que se arqueaba su cuello y su
    espalda la influencia del contacto de mi falo con su próstata. Incluso su culo
    ascendió para que mis idas y venidas llegaran más cómodas y profundamente al
    lugar en el que su dolor se hacía tolerable y casi deseable. Me tumbé sobre su
    espalda para que sintiera mi aliento de macho en celo en sus hombros sudados. En
    su hermosa cara, los rasgos que se me habían antojado los signos de una
    virilidad pacífica y paciente, se apretaban en una mueca de dolor, pero su boca
    permanecía cerrada, y de sus párpados cerrados manaban lágrimas. Separé un poco
    más sus piernas con uno de mis pies y le embestí de nuevo, un poco más
    profundamente. Esta vez se le escapó un gemido que reconocí de algunos de mis
    potrillos jóvenes y vírgenes que se entregaban a mi entre jornadas.

    Con impaciencia, metí una mano bajo su cuerpo. Recorrí su
    vientre redondo y macizo, cubierto por una película de sudor, y descendí hasta
    su entrepierna donde me esperaba mi premio. Aquel policía tenía un falo corto
    pero grueso, quizás quince centímetros de suculenta carne sin circuncidar. Se
    curvaba ligeramente hacia arriba, en un ángulo perfecto, y llenaba mi mano por
    completo. En la punta, como postre, sentí la textura del fluido preseminal. Tras
    ese digno miembro, sus dos cojones se apretaban alrededor de su pene, cuyo
    tronco era visible hasta el ano, donde mi aparato operaba implacablemente.
    Desplacé todo el aparato reproductor de mi presa hacia atrás, para poder sentir
    sus cojones chocar con los míos. El asedio de mi ariete prosiguió, incansable,
    excitado por el ritmo del palmeteo de sus bolas de toro contra las mías. El
    policía había regresado al corazón de su conciencia, su estado de animal, ávido
    de sensaciones, cuyo único lenguaje eran unos jadeos cortos y potentes que se
    imponían incluso a mis gemidos viriles. A los pocos envites, mi voluntad quedó
    anulada por mis huevos, me enterré en él como un gladiador que apuñala a su
    rival tras un combate frenético. Lo rellené de semen entre convulsiones pélvicas
    que me quitaron el aliento durante un par de segundos. Mi miembro perdió parte
    de su agresividad y me retiré lentamente de las entrañas de mi amigo.

    Mi falo dejó el ano del policía muy abierto y rojo, pero no
    parecía roto como temía. Súbitamente, del ano desencajado de ese hombretón
    grande y enrojecido manó mi semilla en gruesos chorros blancos. Esa hermosa
    visión me hipnotizó, y solo me despertó el chapoteo sordo que hizo mi leche al
    caer sobre el hormigón que puse allí con mis amigos obreros casi un mes atrás.
    Di la vuelta a mi presa, que resollaba con los ojos apretados como el soldado de
    las películas al que le acaban de extraer una flecha. Su erección de concurso
    seguía allí.

    Me lubriqué un par de dedos y los enterré en su ano
    enrojecido. Hurgué en sus intestinos y le masajeé la próstata. Me costó mucho
    tiempo de práctica con mis jóvenes machos aprender esto, pero ahora me sale
    siempre. Al poco rato mi presa mejoró su erección. Su miembro casi ennegreció,
    sus cojones ascendieron y se pegaron alrededor de su falo, como los cargadores
    de un arma de fuego. Sus gemidos delataban algo más que dolor. Era un placer
    desconocido que su cerebro desentrenado no sabía catalogar. El policía abrió sus
    ojos lagrimosos para ver que le estaba ocurriendo. Su grueso falo curvo era un
    monolito purpúreo foco de un extraño ritual oscuro que tenía lugar en su propio
    cuerpo, en su reino íntimo y sagrado, que nunca había sido profanado. Su cuerpo
    le dio la respuesta que sus ojos buscaban en forma de una eyaculación bestial
    que yo nunca había visto. Los tres primeros chorros llegaron muy lejos, los
    perdí de vista, después, su polla extendió tres densas cuerdas de semen a lo
    largo del torso de mi montura.

    El policía cerró sus ojos, que le volvían a llorar. Su cuerpo
    le había traicionado. Todavía entre convulsiones post orgásmicas, su rostro
    reconocía al fin el placer. Su cuerpo se rendía al fin a mis regalos. Lamí las
    pruebas flagrantes de esa traición del corpachón agotado de mi compañero. Su
    semen era cremoso, empalagoso, lleno de substancia. Masajee el cuerpo de mi
    compañero involuntario. Luego le retiré mis calzoncillos de su boca. Le abrí las
    esposas y liberé su pie. El policía parecía demasiado confuso o agotado para
    reaccionar. Cogí unas tijeras y le liberé las manos. Le fui a entregar su ropa,
    pero me sorprendió con un puñetazo. Y luego otro.

    Eran puñetazos inexpertos, casi inconscientes, pero puñetazos
    al fin y al cabo. Me partió la ceja y un labio. La sangre se acumuló al costado
    de mi cara, aglutinándose en mi espeso bigote y mi barba de dos días. Quedé
    atontado, y cuando me di cuenta, me había esposado, había recuperado su cinturón
    con su arma y me apuntaba con ella. No le dije nada, me quedé recostado sobre un
    bidón, sangrando y resollando, con las manos esposadas a mi espalda, en una
    posición similar a la suya hacía unos minutos.

    El policía pareció recuperar un poco el control. Sus tiernos
    ojos irradiaban la ira del hombre justo. Quería devolverme todo lo que le había
    hecho. Posó el cañón de su arma entre mi pene morcillón y mis cojones. No podía
    expresar nada, seguía aturdido por el sexo del que había disfrutado, y el
    contacto de aquel arma fría sobre mis gónadas despertó de nuevo mi erección, que
    creció lentamente ante los incrédulos ojos de mi captor.

    El policía bufó, enfadado, dejó el arma sobre un bidón ¡y se
    masturbó delante de mi!

    – Vas a ver… – me dijo con un tono más envenenado y arisco
    que cualquier insulto.

    Se provocó una gran empalmada y me folló brutalmente. Me
    abrió como a una puta cogiéndome por la cara interna de las rodillas y buscó mi
    culo sin ningún cuidado. Me hizo lo que nunca le había hecho a su mujer pero
    deseaba hacerle. Se sació con mi cuerpo. Me sometió únicamente con su pene.
    Restregó su hombría húmeda por mis entrañas, sin preocuparse por si me rajaba
    con su falo curvo, que se aferraba a mi interior como un gancho. Se liberó, se
    sació conmigo usando la parte de su cuerpo que era la máxima expresión de su
    virilidad Grite y gemí exageradamente. Creo que le hice creer que me mataba de
    dolor. Solo mi erección de toro me delataba. Afortunadamente tengo el culo bien
    preparado para este deporte. Pero no se corrió en mi interior, me reservaba algo
    más humillante según su propia conciencia. Se iba a ensañar conmigo. Mi policía
    no iba a volver a casa y decirle a su esposa que llevaba en su interior el semen
    de otro hombre, o que le había gustado. Tampoco iba a denunciar una violación.

    – Arrodíllate.- me dijo.- Arrodíllate o te disparo.

    Me arrodillé como un preso a punto de ser ejecutado por el
    tiro en la cabeza. Me presentó orgulloso su erección bruñida bajo su torso
    brillante todavía por el sudor y los restos de su espesa corrida. Su cuerno de
    carne olía a mi culo, a nuestro semen y al lubricante, pero era irresistible. Un
    aura de calor lo rodeaba. Me cogió de la cabeza y me atravesó por la boca con su
    rabo.

    – Como muerdas te mato.- me advirtió.

    Me empezó a embestir con furia. Su falo me hizo tener arcadas
    un par de veces. Me ahogaba. Casi vomito una vez. í‰l se dio cuenta y me mantuvo
    al borde de la asfixia todo el rato. Lo que le faltaba en experiencia lo suplía
    con crueldad. Mientras, su carne entraba y salía de mi, poseyéndome, violándome.
    Y yo le seguía el juego.

    – Hijo de puta.- me llamaba.- Come carne, cabrón. Vas a
    acordarte de mí. Violador… ¿Quieres leche de hombre, eh…?

    Su orgasmo le arrebató la capacidad de proferir guarradas,
    pero me atrapó bien por la nuca y sentí el aroma de su vello púbico y sus
    cojones en mi barbilla mientras su falo volcaba a borbotones espasmódicos su
    semilla en mi interior. Por dios, era demasiada lefa. Mamé de él hasta que su
    rabo se relajó, y tragué su leche salada y espesa. í‰l se quedó un minuto
    traspuesto, quizás incapaz de creerse lo que había hecho y lo bien que le había
    sentado.

    Aproveche ese momento para levantarme a pesar de mi culo
    dolorido. Le miré a los ojos. Había despertado a un hombre bruto y salvaje, pero
    tras la eyaculación volvía a ser el hombre tierno que era, pero confuso. Le besé
    en los labios y él tardó en reaccionar. Le mordisqueé el labio inferior y no se
    resistió. Compartimos el aliento. Al medio minuto se separó de mí sin empujarme.
    Me dio la vuelta y me abrió las esposas. Se marchó de allí con el torso
    brillante y sudoroso al descubierto, andando a horcajadas, con el culo dolorido,
    pero la cabeza bien alta. Mirándole por detrás, tras destrozar mi hombría y con
    su propia masculinidad resurgida de sus cenizas, más fuerte y experimentada,
    ahora parecía un verdadero guerrero.

    Salí a mirar desde el primer piso hacia abajo, donde el
    policía ya se había vestido y estaba cogiendo su coche. Le silbé y me miró desde
    abajo, a tiempo para ver como me pajeaba y regalaba mi leche al viento. Su cara
    enrojeció de ira y se marchó.

    Mi historia con el policía no acabó aquí. La semana siguiente
    se volvió a presentar en la obra. Esperó que todo el mundo se hubiera ido y
    luego me golpeó un par de veces en las tripas. Me violó como a un perro, me
    llenó las tripas de leche y luego se marchó. Esto lo hizo un par de veces,
    siempre con fuerza, con crueldad, con orgasmos empapados de ira y sin decir una
    palabra. A la tercera semana volvió y me violó sin la paliza previa, pero al
    acabar, mientras yo descansaba con el culo rebosante de su leche, se quedó
    mirando mi erección bestial. En su cara pude leer un sentimiento de deuda.
    Agarró mi polla, me la sacudió un par de minutos, lo que tardé en correrme.

    Poco a poco fue presentándose con más frecuencia. Se volvió
    más sibarita, y yo le recibía con una sonrisa para mamársela, y al final él
    también. Yo me ponía de rodillas y, con las manos a la espalda, esperaba
    pacientemente a que desenvolviese sus órganos reproductores y me llenara con
    ellos la boca. Poco a poco volvió a ser el policía tierno que creía en la bondad
    de las personas, pero ejerciendo su derecho de carne sobre mi. Tanto él como yo
    sabíamos que su ira era la excusa que necesitaba para experimentar más, para
    conocerse a si mismo.

    -Me llamo Luis – me dijo un día tras correrse en mi boca.

    Creo que a partir de ese día pasé de ser su puto a su amigo,
    que es lo que yo buscaba desde el principio. Le decía siempre donde iba a estar
    yo trabajando, y él venía a cobrarse su venganza, aunque al final ya éramos
    colegas y él aprendió a chupármela y a hacerme unas cuantas cosas más. De vez en
    cuando todavía se vengaba de mi, follándome en algún sitio donde alguno de mis
    compañeros obreros pudiese verme y correr la voz de que un poli enorme y fuerte
    me reventaba el culo, en el lavabo del bar o durante la hora del almuerzo. Pero
    a mi me gustaba, si Luis supiera lo cotizado que está un cuerpo como el suyo en
    el mundo de los osos, se daría cuenta de que no era una vergí¼enza para mi que me
    vieran siendo penetrado brutalmente por su falo. Pero después de todo, Luis
    resultó ser uno de los mejores compañeros que he tenido. Desconocía los celos,
    aprendía rápido y era un buen amigo. Compartimos buenos momentos, y de vez en
    cuando se atreve a un trío con alguno de mis jóvenes aprendices. Poco a poco se
    relajó, y hasta su relación con su mujer se fortaleció. Me contó como ahora
    experimentaba con ella y como ella le decía que de repente le notaba más bruto,
    más suelto en la cama, más macho y que le encantaba. Yo encontraba estas cosas
    muy divertidas. Le decía que en algunas cosas había que olvidarse de la buena
    educación y entrar a trapo. Como hice yo con él.

    Escríbeme si te ha gustado este relato. Y si eres un policía
    o militar español

  4. anonimo dijo:

    Hola. Yo casado 33 años. Moreno ojos verdes.
    Contacto por skype trenecito69

  5. Casado34 dijo:

    He leído tu relato y ha sido increíble. Yo voy al fisio 1 vez al mes por problemas de espalda y quitar tensiones, pero nunca han llegado hacer nada de lo que tu explicas. muchas veces he tenido que pensar en cosas para que no se pusiera a tono la herramienta, pero gana siempre. Algunas veces se debe haber dado cuenta que la tengo a tono, porque tengo que moverme para poder colocarla para que no moleste.
    Ya me gustaría que pasara eso, pero será difícil.
    Un saludo

  6. Casado34 dijo:

    He leído la historia y es increíble, yo he ido a fisio para quitar la contractura que tengo de espalda y nunca me ha pasado eso, siempre se me pone morcillona, pero intento pensar en otras cosas para que no se note, pero seguro que lo ha visto mas de una vez que me suelo mover para poder colocarla.

  7. Calum dijo:

    El fisio

    Vale. Para haber cumplido ya 22, yo era un pardillo por aquella época. Incluso puede que haya quién, al leer esto, opine que miento como un bellaco y me lo estoy inventando todo; pero no es así, lo que piensen los demás está de más, que decía la canción, y además me importan un huevo las opiniones ajenas. Ya que esta sección se llama confesiones, yo cuento lo que pasó. Y punto.
    Vale. Para haber cumplido ya los 22,yo era un pardillo por aquella época. Incluso puede que haya quién, al leer esto, opine que miento como un bellaco y me lo estoy inventando todo; pero no es así, lo que piensen los demás está de más, que decía la canción, y además me importan un huevo las opiniones ajenas. Ya que esta sección se llama confesiones, yo cuento lo que pasó. Y punto.
    Nunca había estado antes en un fisioterapeuta y, la verdad sea dicha, yo tampoco lo veía muy necesario en aquella ocasión, pero el traumatólogo opinaba que la lesión mejoraría más rápidamente con dos o tres semanas de tratamiento; como pagaba la mutua pues ¿para qué discutir? El día que me citaron me presenté en la clínica, que ocupaba una sexta planta de un edificio del centro de la ciudad.

    Después de pasar por recepción, el médico responsable me presentó al fisioterapeuta que se ocuparía de mí: un tío más bien alto y fuerte, calvo, de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos, bastante simpático, que vestía un uniforme blanco. La clínica en realidad, aparte de aseos, vestuarios y oficinas, consistía en una única y enorme sala donde recibía tratamiento por lo menos una docena de personas al mismo tiempo: había deportistas lesionados como yo, víctimas de accidentes de tráfico, y otros como un vejete que se recuperaba de las secuelas de un derrame cerebral.

    Mi tratamiento, básicamente, consistía en un cuarto de hora o veinte minutos de ejercicio activo en las máquinas (bicicletas, tensores…) que se agrupaban a un extremo de la sala y otros cuarenta y cinco minutos de ejercicio pasivo con el fisio. No era algo precisamente agotador: cómodamente tumbado boca arriba, yo me limitaba a mirar al techo y a pensar en mis cosas mientras el tío se peleaba con mi pierna. Charlábamos de tonterías y yo sólo le interrumpía con un gruñido cuando estiraba, retorcía o prensaba excesivamente algún músculo. Al final, yo me cambiaba, firmaba el parte de la sesión para la mutua y hasta la siguiente, un par de días después.

    Ya he dicho que pequé de inocente, porque tardé un par de días en darme cuenta de que el tío se estaba aprovechando y me estaba metiendo mano. Al principio no le di demasiada importancia: supuse que, teniendo en cuenta los agarres que tenía que hacer sobre mi pierna, era lógico un roce casual de vez en cuando y, además era demasiado leve, demasiado sutil, como para ser más que algo circunstancial. Lo que pasaba es que ese de vez en cuando se producía demasiado a menudo, y si bien era comprensible que por azar su dedo tocara mi pene a través del pantalón, lo que ya no lo era tanto es que se quedara ahí, prolongando el contacto o se deslizara ligeramente, en una caricia tenue y repetida; como tampoco lo era el hecho de que, al apoyar la mano en mi cintura para fijar la cadera a la mesa, metiera un dedo(hay que reconocer que muy poco, solo una falange) bajo la cintura del pantalón de mi chándal. Me quedé de piedra: no es que las mujeres se pegaran por meterme mano, pero hasta entonces no lo había intentado, ni mucho menos conseguido, ningún hombre.

    Esa noche me dediqué a pensar detenidamente en lo que estaba pasando, si podía ser real o sólo una paranoia mía. La verdad es que había sido tan leve que no podría jurarlo; además, ¿se jugaría alguien el puesto de trabajo por una tontería así? ¿por toquetear un poco a un paciente? Porque, reconozcámoslo, tampoco era el polvo del siglo. Decidí ignorarlo de momento y ver qué pasaba al día siguiente.

    Y lo que pasó fue que se repitió. Es más, estando boca abajo, el hombre me arreó un muy poco disimulado magreo en las nalgas que me pareció imposible que pasara inadvertido para el resto de la gente. Eché un vistazo y comprendí que se lo tenía muy bien montado: siempre escogía la camilla del fondo de la sala, donde le protegían dos paredes haciendo esquina (una tenia una ventana, pero como se trataba de sobar y no de arrancarme la ropa a mordiscos, no había peligro por ese lado), por otro era mi propia cabeza la que le tapaba y, en el cuarto lado, el más expuesto al resto de la sala, era él quien, con su propio cuerpo, ocultaba sus manejos de ojos indiscretos.

    Bueno, y ahora qué. Podía denunciarlo y montar un número, pero incluso yo había dudado que ocurriera si no estuviera notando en ese mismo momento su mano acariciando mi culo. Además, para ser sinceros, no me estaba desagradando del todo, ni me estaba sintiendo violado; sólo tenía la sensación de estar siendo utilizado por un desconocido, y la verdad es que tenía cierto morbo. Decidí dejarlo correr de momento y apoyé la cabeza en los brazos, intentando relajarme. En ese momento noté unos dedos apoyarse en la cara interna de mi muslo izquierdo. Separé los pies hasta las esquinas de la mesa, abriendo un poco las piernas, y los dedos se deslizaron hacia arriba, acariciando ligeramente mis testículos y continuando luego por la costura del pantalón, ejerciendo una suave presión entre mis nalgas, hasta llegar a la cintura; una vez allí, el dedo índice se coló bajo el elástico, se internó por debajo del slip, y se movió lentamente por la parte superior de mis nalgas, desde una cadera a la otra. Yo me dejaba hacer, mientras él, alentado por mi pasividad y aparente consentimiento hundía más profundamente su dedo en mi ropa interior, presionando la piel y acariciándome la rabadilla, justo al principio del surco, lo que me produjo un escalofrío que recorrió mi espina dorsal hasta la nuca. El resto de la hora transcurrió como de costumbre, entre ejercicios y casi imperceptibles toqueteos que yo ya aceptaba sin reparos y que, quizá por esto, empezaban a producir cierto efecto en el estado de mi miembro.

    Para la sesión siguiente, y sin haberme molestado en pensarlo demasiado, yo ya había decidido colaborar plenamente en el abuso del que estaba siendo objeto, aunque en ese momento definirlo como abuso podía considerarse algo excesivo, teniendo en cuenta mi tácita conformidad. Deseché el chándal por recatado, y en el vestuario me quité el slip y me enfundé un pantalón corto de deporte, de ésos que tienen un braguero de tela para sujetar los genitales e impedir que el hermano menor y sus dos amigos asomen por debajo de la pernera para saludar al respetable. Más tarde, tumbado en la camilla y notando una mano recorrer mi muslo, yo me preguntaba si realmente quería hacer lo que estaba haciendo o sólo me estaba dejando llevar por un calentón provocado por mi falta de relaciones femeninas de los últimos tiempos. Fuera lo que fuera, ya era un poco tarde para dudas porque en ese momento los dedos descendieron hasta la ingle, con un descaro y una familiaridad que me cortaron la respiración, vacilaron un momento en el borde del braguero y luego se introdujeron reptando como culebras bajo la tela. Esos dos dedos, en contacto directo con la piel de mi escroto me produjeron, ahora sí, un intenso sentimiento de vergüenza; tomaron posesión de mis genitales como si les pertenecieran: los acariciaban de arriba abajo o en círculos, masajeaban suavemente el pene y lo movían levemente de un lado a otro, a su antojo. Cuando llegó el momento de ponerme boca abajo, me di cuenta de que el tiempo de las sutilezas había pasado: interpretando sin duda mi cambio de indumentaria como un acto de conformidad, el fisioterapeuta acariciaba sin pudor mis nalgas bajo el pantalón corto para después, y con el mismo descaro, insertar su dedo entre ellas; lo pasó por toda la hendidura de arriba abajo, hasta llegar a los genitales, y luego a la inversa, haciendo presión en la zona perineal y en el ano, provocándome una erección tan brutal como inesperada. Noté como se endurecían mis pezones, asombrado de mí mismo por permitir y casi desear que un hombre estuviera a punto de meterme un dedo en el culo, ¡y en una zona pública! No lo hizo, claro; no era el momento ni el lugar pero, mientras sentía la dureza de mi polla aprisionada entre mi vientre y la mesa, y aquel dedo recorriéndome la raja, tuve una visión de mí mismo desnudo y a cuatro patas, con aquel hombre agarrado a mis caderas, propinándome fuertes embestidas a las que yo respondía, a pesar de la humillación y del dolor de mi esfínter dilatado, con gemidos de placer.

    A partir de ese día las sesiones se convirtieron, siempre con las precauciones necesarias debidas al carácter público del lugar, en una especie de festival erótico silencioso en el que no quedaba punto alguno de mi anatomía, ya fuera genital o anal, por explorar. Debo reconocer que yo me comportaba como un auténtico calientapollas, y le incitaba ya en el momento de dirigirme a la camilla soltando descaradamente la cinta elástica que cerraba la cintura del pantalón, para facilitarle el acceso. Él, desde luego, entraba al trapo sin reticencias, recorriendo la fina línea de vello que va desde el ombligo hasta el pubis, enredando sus dedos en este último, o buscando mi miembro directamente, acariciándolo, jugando con el prepucio o toqueteando el frenillo, y sonriendo a medias cuando lo notaba crecer o a mí se me escapaba un suspiro que intentaba disimular como mejor podía.

    Y, mientras todo esto ocurría, yo esperaba. Esperaba el día que él decidiese dar un paso más y programase la terapia para última hora, lo que nos permitiría quedarnos solos en el gimnasio; o bien que me citase más tarde en otro lugar, más discreto, sin público ni ropa. Yo me masturbaba por las noches imaginando estas situaciones: unas veces me mantenía tumbado boca abajo en la camilla, vestido sólo con la camiseta y dos de sus dedos firmemente enterrados en mi ano, en otras me llevaba en su coche a un descampado para que le hiciese una mamada; y en las más duras y deseadas su polla violaba sin contemplaciones mi culo virgen y empapado de su saliva.

    Sin embargo nunca iba más allá. Parecía conformarse con mi sumisión ante sus toqueteos y no daba muestras de pretender ir más allá. Quizá no se atrevía, o quizá aguardaba que yo moviese ficha. Tal vez se había cansado de ser la parte activa y quería que yo me implicase de alguna forma más allá del simple consentimiento. Así que un día, aprovechando su proximidad a la camilla, acerqué la mano al borde y estiré los dedos, rozando sus pantalones, justo sobre la cremallera; al principio se quedó parado, como sorprendido, pero luego se inclinó un poco hacia delante, para intensificar el contacto. Yo moví los dedos arriba y abajo, recorriendo sus genitales, que ya presentaban una considerable dureza, giré la mano, volviendo la palma hacia arriba y le acaricié con la punta de los dedos una y otra vez, desde los testículos hasta la punta del pene. Mientras tanto, él sobaba mi polla, dura como una piedra bajo el pantalón corto. No recuerdo cuanto tiempo duró; al rato, él se apartó bruscamente, lo que me hizo comprender que había estado a punto de correrse. Cuando me iba le vi entrar en el aseo, y yo me masturbé al llegar a casa.

    Ese día me di cuenta de que lo que pudiera pasar dependía de mi disposición, así que unos días después decidí echar un órdago: pretextando un examen le di a elegir entre suspender la siguiente sesión o dejarla para las ocho de la tarde. Como cerraban a las nueve, se lo estaba poniendo en bandeja para quedarnos a solas. Supongo que se dio cuenta, porque cambió mi cita para el siguiente viernes a última hora.

    El viernes en cuestión la hora transcurría como todas las demás, aunque yo aguardaba, tenso, a medida que la sala se vaciaba de pacientes. Cuando faltaban diez minutos para las nueve dio por terminada la sesión me fui al vestuario, sin saber muy bien que hacer a continuación. Imaginé que quería esperar a que se fuesen todos, así que, para justificar mi retraso, me desnudé y me metí en la ducha. Aguardé bajo el agua caliente, pero a medida que el tiempo pasaba, empecé a pensar que el tipo no pretendía nada más y que yo estaba haciendo el ridículo. Con una cierta sensación de vergüenza salí de la ducha, me sequé, y empecé a vestirme. Entró cuando acababa de ponerme el slip.

    Dijo que le había parecido notar una ligera desviación de mi columna vertebral y que quería comprobarlo. Me puso de cara a la pared, de pie, y se colocó detrás de mí. Noté su dedo apoyarse en mi nuca y descender lentamente por mi espina dorsal hasta la rabadilla, provocándome un escalofrío. A continuación me indicó que esperara. Le oí arrastrar un banco de de madera y sentarse en él detrás de mí, como antes, pero después metió dos dedos bajo el elástico del slip y me lo bajó de un tirón hasta las rodillas. Su dedo volvió a recorrer mi espalda, pero esta vez no se detuvo, sino que siguió bajando entre mis nalgas, mientras yo suspiraba suavemente y mi miembro reaccionaba a la caricia. A una orden suya, incliné el torso hacia delante, sabiendo que en esta postura dejaba mi culo expuesto ante él. Apoyó sus manos en mis nalgas y las magreó, apretándolas y amasándolas a su gusto, como seguramente había deseado hacerlo en ocasiones anteriores; noté como las separaba y su mirada casi sólida fijarse en mi ojete, como intentando traspasarlo, para después apoyar un dedo húmedo de saliva en ese mismo punto; el dedo giró sobre sí mismo al tiempo que aumentaba la presión sobre el esfínter y yo intentaba relajarme para facilitarle la entrada. El invasor fue ganando terreno en mi interior poco a poco, a medida que yo me acostumbraba a su presencia, como una molestia pasajera que disminuía en la medida en que mi excitación aumentaba. Una vez que estuvo todo dentro, empezó a moverse, en círculos unas veces, entrando y saliendo otras, mientras su dueño me preguntaba si me lo habían hecho antes -no-, y si me gustaba -desde luego que sí- y, con la otra mano, acariciaba mi vientre y mi miembro erecto.

    Tras varios minutos de hurgar en mi culo, el hombre se levantó y fue a lavarse las manos, hecho lo cual me colocó de pie, apoyado de espaldas contra la pared. Luego se acercó a mí y me metió la lengua en la boca; yo respondí al beso lo mejor que pude, enredando mi lengua con la suya y permitiendo que explorara todos los rincones de mi boca mientras sus manos hacían lo mismo con mi cuerpo y su polla se clavaba contra mi vientre a través de su ropa.

    -¿Te gusto?- Preguntó.

    -No- Era verdad.

    -Pero te pongo cachondo.

    -Mucho.

    -¿Qué quieres que te haga?

    -Fóllame- Respondí con un hilo de voz.

    -¿Te has pajeado imaginándolo?- Asentí con la cabeza- Demuéstramelo.

    Me obligó a echarme boca arriba en el banco, con un pie a cada lado del mismo, y a masturbarme ante sus ojos mientras me hablaba al oído:

    -¿Es lo que quieres, niñato? ¿Que te rompa el culo? ¿Te gustaría notar mi polla barrenándote y mi aliento en la nuca?- Yo respondía que sí con la cabeza, mientras con la mano me masajeaba el pene sin cesar, arriba y abajo, frenéticamente

    -Serás mi zorrita. Estarás a mi disposición cuando yo quiera, ¿verdad?

    Su vocabulario soez, su menosprecio y sus insultos me ponían cada vez más cachondo, hasta llevarme al borde del orgasmo. Me corrí ante sus ojos, mientras él observaba con una sonrisa cínica como el semen se depositaba en chorros blancos y calientes sobre mi vientre y mi pecho.

    Después me agarró del brazo y, sin permitirme limpiarme, me hizo sentarme en el banco y se colocó de pie frente a mí, bajándose pantalón y calzoncillos al mismo tiempo.

    -Chupa

    Fue lo único que dijo. Yo agarré su polla, erecta y palpitante frente a mi cara, y me la metí obedientemente en la boca. Me gustaron su sabor, su dureza y su calor, y me apliqué a la tarea de deslizar los labios por toda su longitud, desde el glande hasta q su vello púbico me rozó la nariz. Durante los siguientes minutos lamí, chupé y saboreé, disfrutando de cada centímetro de carne y de cada gota de líquido que salía de aquel capullo enrojecido por la excitación. Obedecí todas sus indicaciones, aplicándole lametazos en los testículos, en el frenillo o a lo largo del miembro, según me iba ordenando, y me las arreglé para tragármelo entero cuando quiso follarme la boca, sujetando mi cabeza y moviendo las caderas adelante y atrás, con un balanceo que llevaba el extremo de su polla desde mis labios hasta el fondo de mi garganta. Se corrió con un gemido, sin permitir que me retirara y se derramó en mi boca, inundándola con una descarga de semen que desbordó mis labios y corrió por mi barbilla.

    -Así, putita, traga, no desperdicies nada.

    Permaneció dentro de mí hasta que la erección se debilitó, y me ordenó limpiarle con la lengua. Yo lamí cada resto de semen que manchaba su miembro ahora fláccido y recuperé el que se secaba en mi barbilla

    -Lo has hecho muy bien- dijo- Otro día seguiremos

    Observó como me duchaba y me vestía, aunque se guardó mi slip en un bolsillo, y salimos del gimnasio, desierto hace ya rato.

    A partir de entonces las sesiones fueron siempre a última hora y, aunque por razones que ignoro nunca llegó a sodomizarme, yo me convertí en la zorrita que él quería que fuera, siempre dispuesto a hacerle una mamada cuando le apetecía. Un par de semanas después, cuando finalizó mi tratamiento nos despedimos como si nada hubiera pasado, y eso fue todo. Cambié de ciudad, y nunca volví a verle. Imagino que después de mí habría otros, como seguro que los había habido antes que yo, y que yo solo fui uno más en su lista de zorras. No me arrepiento. Estuvo bien mientras duró, y yo descubrí una parte de mí mismo que desconocía hasta entonces. Me siguen gustando las mujeres, pero a veces, cuando me cruzo con un maduro de buen ver, pienso ………

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